Voy y vuelvo-dijo don Saliche- desde su caballo y partió pa lo profundo de la montaña, nadie sabía a qué o por que iba don Saliche p´alla, varias veces intentaron seguirlo, pero de tan zorro que era; se escapaba como un fantasma en la sierra, era su ritual obligado eso de enderezar pa los cerros, ni Pedro ni Pablo; sus dos hijos, sabían pa donde o a que iba el padre a la montaña. Se perdía todo un mes en algún recoveco del monte y claro; el misterio era grande y aumentaba con los años en el pueblo, porque ya eran 65 años en que don Saliche, el viejo zorro, se esfumaba en la montaña.
Nietos y bisnietos de continuo preguntaban, ¿a qué va el abuelo pa los cerros? , ¡Y nadie respondía ni podía!..
En el pueblo comentaban que tenía escondido un tesoro y otros afirmaban que había hallado unos filones de oro ¿y don Saliche? ; ¡Siempre en silencio!, de repente su familia creía ver un resplandor en sus intensos ojos negros, fulgor que quizás atizaban un lejano y vivido recuerdo, a veces pensaban sus hijos, que aquel anciano padre les contaría de una buena vez sus misterios, pero cuando el viejo estaba a punto de narrar un desconocido relato; de súbito, suspirando profundamente don Saliche se callaba.
Paso el mes y don Saliche volvió del cerro, reúne a toda su familia y les dice: “que por estar tan viejo, ya no iría más pa la montaña”, la familia toda en silencio, sus dos hijos lo miran expectantes, como si aquel venerable padre, les debiera como herencia ese misterioso relato nunca narrado de sus viajes pal cerro; casi como un ruego aquellos hijos suplican; taitita, ¿Por qué no cuenta que es lo que usted
va a hacer pa la montaña?- el hombre mirando a sus hijos y familia les dice; hijos míos y familia, les contare mi historia, que a nunca nadie conté, es una historia larga y sufrida y como ya estoy pa partir de esta vida, les contare con el permiso mismo de la montaña. Pongan harta atención bien abiertas las Orejas, A lo que dirán mis palabras y así entenderán el secreto de mis viajes, pa aquella querida montaña.
-En aquella sala se acomodan sillas y sillones, los más jovencitos en el suelo, disponiendo así a oír lo que dijera el anciano-
El viejo después de un profundo suspiro empezó su relato, “era yo un muchacho de 16 o 17 años, criado en el cerro, el ganao de un futre en esos montes cuidaba, haciéndole las veranadas, así me pasaba el tiempo entre ovejas, vacas y cabras, tocando una guitarra, porque con eso las calmaba, iba ya yo creciendo haciendo año a año las pastadas y de tiempo en tiempo domando potros me arrancaba pa las mejores señaladas, la montaña hace bien al que la mira con respeto y ante aquella grandiosidad yo me sacaba el sombrero, un día; estando el ganao vacuno pastando en una profunda hondonada, de un repente se vino sobre mí, un galopiar de muchos caballos con un tremenda gritada; ¡era un tropa de cuatreros que venía pa hacerme una maloquiada! , Y así, en un tropel violento de tiros gritos y patadas, me quitaron el orgullo, el ganao y la montada. Torturado y maltrecho y casi listo pal patio de los callaos, el jefe de aquellos bandidos decidió tomarme como su esclavo. Me vi así de repente, sirviendo obligao y sin querer a ese temible bandido. Llegamos a su guarida escondida en el mismo medio e´ las montañas y este esclavo, con los ojos vendaos… todo el día sirviendo y en las noches amarradito como arrollao de guaso, por cualquier cosa meta golpes y torturas, con este hijo del sufrimiento, algunas veces como gran entretención, me ponían a sacar agua pa bañarlos y; ¡eran más de trescientos!. Otras veces hacían que cavara un hoyo, diciéndome que allí mismito me enterrarían y yo; casi niño aun, me aterraba, pero nunca frente a ellos lloraba.
Así fue pasando el tiempo, yo creía que el taitita Dios, mi familia y mis amigos me habían olvidao, desesperao por el maltrato de aquellos hombres feroces y con el deseo nunca olvidao de escaparme; estando un día en la vertiente, como siempre vigilao; apareció de pronto una moza de blanquísima cara, sus ojos verdes tenían la belleza de la esmeralda y aunque medio fieros y salvajes, me observaba fijamente desde su negrísimo caballo.
-¿tú eres el nuevo?- pregunto-
si asentí yo con la cabeza.
Dale agua a mi caballo-indico. Desmontándose aquella hermosa muchacha, que no cesaba de mirarme fijamente.
Habían pasado tres años de mi cárcel de montaña y jamás había visto aquella hermosura, que a esas alturas me parecía un ángel, solo con mirarla se me olvido de un tirón toda mi desgracia y triste vivencia que había tenido con aquellos hijos de la fiereza. Me quede mudo y nervioso y no sabía que me estaba pasando, de pronto un rebencazo me volvió el habla, el dolor y la obediencia, uno de los guardias bandidos lanzo junto con el golpe, una mordaz carcajada, pero la joven lo interpelo con un grito, que aún resuena en mi alma…
-hombre yo toi mandando al muchacho y desde ahora nadie más lo castiga-¿me oíste pancho?-
-si señorita, pero como estaba callao lo quise despertar con un rebencazo-dijo el hombre y si uste manda que nadie lo toque, así será-concluyo.
Extrañado yo, de que aquella moza mandara tanto y ella también comprendió mi pregunta sin hacerla, me dijo;
-soy Mariana la hija del jefe-
Así era la cosa, y de esta extraña y bella defensa, estando tan desamparao en el monte, empezó una amistad que con los días se fue mudando en amores. El jefe su padre, terrible bandido. Hacía varios años que traficaba con ganados pieles y oro y lo que sus pillajes dejaran, veía parece, con no malos ojos Que su hija se juntara conmigo, quizás pienso yo, que me miraba como el mejor elemento entre aquellos malvados. Así de un zuacate cambio mi suerte de esclavo, ¡era ahora al amigo de la niña mariana!, se acabaron los golpes y hasta creo me respetaban, nunca imagine tanta dicha, ahora todo era bello en la montaña!, mi Mariana era la luz que mis pasos guiaban y en las noches daba gracias p´al cielo por haber caído hace tres años en esa maloquiada.
Paso así un año entero de amor y pura felicidad y el jefe con su montonera celebraron cuando mi Mariana les dijo que estaba embarazada.
Los destinos de los hombres son inciertos y así había de ser pa este viejo que habla, porque esa gran felicidad que me había dado el cielo y el destino otorgado, al parecer tenía que de algún modo pagarla, ¡jamás imagine de qué manera y de por qué volvería a vestirme de desgracias!; oigan ustedes hijos, lo tormentoso de estas hazañas y que este padre que tienen, tuvo por amor acallarlas, pero no pueo ir al descanso ni a juntar mis guesos con mis antepasados, sin echar pa juera esta carga de este corazón atribulao, por eso hijitos míos, ténganme paciencia pa terminar de una guena vez por toas, este tormento grande que en mi pecho hey tenio guardao.
La sala estaba llena de la familia y el silencio casi se cortaba, callaban con respeto ante aquel drama tan humano y sufrido, ¡por fin el abuelo estaba narrando lo que habían por tanto tiempo deseado escucharlo.
Continuo el viejo, luego de sorbetear su mate amargo; “Santiago flores, jefe de aquellos bandios cordilleranos, era buscado en ambas bandas de la cordillera, casi treinta años llevaba en su historia de atracos robos y maloquiadas, había participado en las guerras de la independencia con las montoneras de Manuel Rodríguez y José miguel Neira, había visto también muy de cerca la traición, que el dictador O’Higgins hizo con estos dos grandes héroes de la revolución independentista y vio en carne propia toda la persecución que ese general hizo contra las familias criollas (luego de la independencia) que habían apoyado al bando realista. Persecución odiosa y terrible que llevo a cabo en su mal gobierno, el padre de Santiago Flores era de estas familias, le ordenaron dejar sus tierras perdiendo así toda su posesión terrena, dejando a su familia en el más triste Desamparo, la madre murió de un ataque y el padre, al ver tanta desgracia, enloqueció muriendo al poco tiempo. El hijo juro ante la tumba de sus padres vengarse de buena gana, reunió una tropa de perseguidos y fue dejando aquella estela de sangre robo y muerte, quitando a los más ricos para dar descanso y alimento a los más pobres y maltratados. Así estaban mis cosas en aquellos días felices, pero como les dije habían de terminar.
Era tranquila la tarde en la montaña cuando se vino de pronto como una tormenta, la más terrible balacera, gritos, maldiciones y muerte. Corrían todos de un lado a otro metiendo balazos y cuando se acaban las balas, el corvo sirve pa dar cuchillazos.¡ la confusión era total en aquel feroz campamento bandido!.
Mariana y yo estábamos escondidos en una cueva; justo cuando principiaron los tunazos, quizás el destino macabro se cobraba en los bandios su venganza. Morían aquellos cuatreros como valientes dando y recibiendo, ¡los guardias cordilleranos Chilenos y Argentinos habían por fin descubierto aquel escondite por tantos años buscado!
Santiago Flores me grita en medio de los balazos-¡cuídamela bien muchacho! – cuando a su cabeza le llega un plomazo. Yo atemorizado, mariana llorando, con una pistola en la mano y su guatita de este pecho preñada, trataba de disparar pero le empezaron a venir terribles dolores de parto, tome a mi mujer como pude y rogando pal cielo pa que saliésemos escapados, la subí a su caballo y así nos largamos por un oculto sendero, cabalgando y alejándonos por pelo de aquella desigual batalla, teníamos un refugio en una caverna ocultisima en una ladera, de tal forma que nadie podía ya pillarnos y allí llegamos con mi preciosa carga, justo en el momento en que ella estaba alumbrando. Ella de 21 y yo de 20, sin saber cómo ni cuándo, nos enfrentamos de pronto a las realidades de un parto, ¡sus gritos por Dios!, aun los tengo vividos resonando lastimosos en aquella nevada montaña. En medio de aquella angustia, mi mariana junto con dar a luz, se fue muriendo en mis brazos; “mi amor me dijo- te dejo estos dos regalos, tesoros puros de mi amor por ti, nunca cuentes a nadie que fui hija de un mal destino e hija de un padre patriota que tuvo que hacerse por la injusticia un bandido y que obligado por una malvada ley a convertirse en perseguido y convicto” esas fueron sus últimas palabras, luego de besarme se quedó mirándome con aquellos verdes ojos intensos; ¡mi bella amada partió así de este mundo!…
Y en ese silencio tremendo, ni los dos recién nacios angelitos lloraban, pero yo, he llorao toda mi vida esa despedida. Me quede varios meses en el monte criando a mis pequeños hijos con leche de cabras, y pa mi mujer le construí una tumba de piedras en aquellas peñas nevadas.. Prometí, sobre la cumbre donde enterré a mi amada, criar buenos a mis hijos y nunca tener otra mujer, jure también en ese frio monte y siendo testigo el viento, que volvería cada año pa estar junto a ella y evocar su recuerdo en aquellas tristes quebradas, el nombre de ustedes hijos míos es porque ella murió el día de san Pedro y san Pablo y por eso he guardao el secreto de mis viajes pa esa montaña. Ahora todos saben ya esta historia desgarrada, espero por la memoria de aquella mujer que es madre y abuela, sepan tenerla pa siempre en sus corazones y honrarla, esto último digo y acá se acaban mis palabras”
Allí el viejo con lágrimas en los ojos se calla…la familia en esa sala guardaba respetuoso silencio, hasta que al fin, los suspiros y el llanto fueron aflorando, era también poderoso efecto ver la estampa del anciano que guardo luto sagrado y con él, el silencio a través de tantos sufridos años.
Epilogo:
Cuando don Saliche murió, era un anciano de 97 años , todo el pueblo concurrió a su funeral cuando pal cielo partió; como mandato dejo que sus huesos cremaran y que sus cenizas esparcieran en esa tumba perdida en la montaña, nunca jamás la familia revelo el lugar donde se ubica aquella quebrada.
“han pasado muchos años desde que murió mi abuelo, ensillé temprano el pingo y voy saliendo pal monte, llevo flores frescas y una lápida que dice; “Mariana y Francisco, unidos por el destino”. Allá en el pueblo todos me dicen Saliche, igualito que a mi abuelo y sepan ustedes señores y no sé si será casualida. ¡También toco la guitarra y me gusta el monte!”
PATRICIO IGNACIO IBARRA