Por: Marco Barros Rebolledo
Valparaíso, con su niebla salobre y sus cerros empinados, guarda historias que no caben en los libros, algunas se cantan bajito en las noches de bar, entre guitarras gastadas y copas de vino tinto, otras se escapan en un suspiro, cuando alguien se va. Esta semana, la ciudad-puerto lloró la partida de uno de sus hijos más entrañables: Juan “Juanín” Navarro, músico, cultor, hombre de esquina y alma de la bohemia porteña. Tenía 87 años y una vida tan llena de canciones como de silencios humildes.
Juanín no solo fue un guitarrista y cantor, fue un retrato vivo del Valparaíso antiguo, nació el 12 de agosto de 1938, en el cerro Ramaditas, creció entre mujeres que cantaban y vecinos que hacían de la música un lenguaje cotidiano, aprendió a tocar guitarra a los 17, pero su amor por la música venía de mucho antes… desde esos días en que su casa se llenaba de tangos, cuecas, valses peruanos y boleros que entraban por las ventanas abiertas.
Durante más de treinta años sirvió en Carabineros, pero nunca abandonó la guitarra ni la bohemia, era común verlo en los bares del puerto, tocando en rincones pequeños donde las historias eran más importantes que los escenarios, sin embargo, su música cruzó fronteras, viajó con Los Crack del Puerto y La Isla de la Fantasía, representando a Valparaíso en escenarios de Francia, Inglaterra y Argentina, donde iba, llevaba consigo el alma de su ciudad, cantaba con ese timbre ronco que solo da la vida, con la mirada llena de recuerdos y el corazón rebosante de identidad.
Fue reconocido como Hijo Ilustre de Valparaíso, y no por fama, sino por algo mucho más profundo, por haber sido un guardián de la memoria musical porteña, por seguir cantando cuando muchos se callaron, por abrazar las raíces sin temor al polvo de los años.
Pero había algo más en Juanín, algo que no todos conocían, pero que él vivía con autenticidad: su fe profunda en Jesús.
Nunca impuso sus creencias, pero tampoco las escondió, a menudo, en medio de una conversación o entre acordes de una guitarra, soltaba con naturalidad alguna reflexión sobre el amor de Dios o sobre la esperanza eterna. Decía que sin la mano del Señor, ni el mar ni la música habrían tenido sentido en su vida.
Lo cierto es que su amor por Jesús fue tan inquebrantable como su guitarra, para él, cada nota tenía un propósito, y muchas veces, antes de tocar, hacía una pequeña oración en silencio, sus cercanos recuerdan cómo hablaba con ternura del perdón, de la gracia, y de la paz que —según sus propias palabras— “no viene del puerto, sino de lo alto” en sus últimos años, sus melodías se volvieron más serenas, más contemplativas, como si ya estuviera afinando su alma para otro escenario.
La verdad es que Juanín nunca buscó los reflectores, lo suyo era otra cosa, compartir, conectar, hacer que un vals se convirtiera en abrazo, que una cueca tejiera lazos invisibles entre generaciones, quienes lo conocieron hablan de su calidez, de su generosidad, de esa manera suya de aparecer en una fiesta con guitarra en mano y quedarse hasta que todos se sintieran mejor.
Y es que Juanín era Valparaíso, era la nostalgia en la voz, el ritmo lento del puerto, la conversación que se alarga con café o vino, era el que sabía cuándo callar, cuándo tocar, cuándo simplemente estar, hoy, sus amigos lo lloran, sus colegas lo honran y la ciudad entera lo despide con ese silencio respetuoso que solo se reserva para los grandes.
Tal vez, mientras lees esto, algún viejo tocadiscos suene en una casa del cerro Alegre, tal vez alguien se siente con la guitarra a recordar su forma de rasguear, tal vez, solo tal vez, Juanín Navarro siga cantando, ahora desde otro puerto, uno sin muerte ni despedidas.
Pero aquí abajo, entre calles adoquinadas y faroles antiguos, su música quedó sembrada. Como promesa, como memoria. como un susurro que dice: «Valparaíso no te olvida, Juanín».
Linda persona Juanin, también fué padre de mi cumpa y amigo Florencio Navarro, gran compositor de este Chile lindo, que descansa en Cristo. Juanin deja una marca en la bohemia porteña, pero también en los corazones de quienes le conocimos… Descansa en paz, viejo guitarrero…