Sad boy sits alone.
No es necesario surcar océanos ni viajar hasta Ruanda para tender una mano a quienes padecen hambre y necesidad, la verdad es que, mucho más cerca de lo que imaginamos, la miseria también tiene rostro. En Chile, viven alrededor de 3,5 millones de niños y niñas y un 5,7% de ellos —es decir, cerca de 200 mil— no recibe sus comidas diarias.
En la comuna de Maipú, en pleno corazón del país, la desnutrición infantil no es un relato lejano ni una noticia de otras tierras, es una realidad en nuestras propias calles, en nuestros propios barrios, en las escuelas que cada mañana abren sus puertas a miles de niños.
Hace pocos días, una experiencia conmovió profundamente a una comunidad escolar, era una mañana cualquiera en la sala de un segundo básico, entre cuadernos abiertos y lápices rodando por el suelo, un pequeño se inclinaba sobre su pupitre con el ceño fruncido, no era una tarea lo que lo absorbía, sino un trozo arrugado de papel que llevaba a la boca a escondidas.
El hambre, ese instinto que no entiende de horarios ni de normas, lo había vencido, masticaba despacio, como si cada fibra de celulosa pudiera engañar a su estómago vacío, sus compañeros no se habían dado cuenta, pero su joven maestra sí y al acercarse, vio en sus ojos que no era una travesura, sino el mareo de quien está a punto de caer, ese instante, breve y silencioso, decía más que mil regaños, hablaba de carencias, de necesidad, y de una infancia que no siempre puede esperar al recreo para comer.
Esa imagen que golpea, nos recuerda que la desnutrición no es solo una cifra fría en un informe, sino una herida viva que atraviesa la infancia de niños de carne y hueso, con nombres, miradas y sueños y es que cada historia como esta nos sacude el alma, nos incomoda, nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo —o dejando de hacer— frente al dolor que tenemos al lado.
Ignorar al necesitado es, en cierto modo, permitir que su necesidad crezca, mirar hacia otro lado no la borra, la profundiza, tal vez ha llegado el momento de dejar de esperar a que sean “otros” quienes actúen, no importa si eres católico, evangélico, testigo de Jehová, mormón, bautista, de asambleas de Dios, pentecostal o del letrero que se nos pueda ocurrir: si nos pusiéramos de acuerdo, no existiría este tipo de pobreza ni tampoco huérfanos. Al final, la verdadera distancia no se mide en kilómetros, sino en la capacidad que tenemos —o no— de sentir el hambre del prójimo como si fuera la nuestra.
Por Marco Barros R. Sub Director Famuc
Dramática e impactante «nuestra realidad nos golpea una vez más», el siglo moderno y tecnológico, nos va deshumanizando cada jornada, aquella Maestra, tuvo ojos y corazón para ver lo que no vemos, doy gracias al Sub Director de Famuc, por traer este relato real y descarnado, que nos dice claramente que nuestra misión empieza en nuestro Chile y nos espera… Cuántos comprenderán el desafío?.
Me impacta el hecho, siendo un ciudadano de Maipu y viviendo en un barrio que ostenta recursos no puedo ser indiferente. Que mi conciencia se active y mis pies se deslicen, con manos abiertas para reflejar a Cristo!!