Por Marco Barros R.
En Chile, el fenómeno ya no es un rumor ni una impresión pasajera. Es una realidad que golpea fuerte: una ola creciente de jóvenes está dejando la fe institucional, la Encuesta Bicentenario UC de 2021 ya lo advertía: en 1997 apenas un 8,3 % de los jóvenes no tenía identificación religiosa, en el 2015, esa cifra se disparó hasta un 48,3 %.
La situación actual es aún más cruda, el Censo 2024 reveló que, entre los jóvenes mayores de 15 años, solo un 54 % se declara católico, cuando hace apenas dos décadas eran el 70 % (La Tercera), al mismo tiempo, quienes no profesan ninguna religión ya alcanzan el 25,7 % de la población adulta (Litoral Press, 2025). Y lo más impactante: la Encuesta Bicentenario UC 2024 mostró que un 63 % de los jóvenes entre 18 y 34 años no se identifica con ninguna religión, esta es una cifra dura, que habla de una generación desconectada, que no encuentra eco ni representación en las estructuras religiosas tradicionales.
Estos no son simples porcentajes, son rostros, rostros de adolescentes que alguna vez cantaron en coros, viajaron a campamentos juveniles, llenaron templos con sus risas… y que hoy parecen invisibles.
Mientras tanto, se celebra con orgullo la infraestructura, templos nuevos, escenarios impecables, luces, pantallas y música que deslumbra, pero la verdad es que, cuando esas luces se apagan, muchos jóvenes —especialmente al entrar a la universidad— desaparecen en silencio.
¿Quién se pregunta dónde están? ¿Quién se atreve a anticiparse? Es cierto, hay esfuerzos valiosos con la niñez —escuelas bíblicas, programas dinámicos—, pero la franja crítica de los 15 a los 25 años sigue quedando a la deriva. Y ese vacío es el que más duele.
Este abandono no es un simple descuido, es un fracaso del liderazgo que juró hacer discípulos, es haberse vuelto expertos en levantar estructuras, pero débiles en sostener vínculos, en acompañar de verdad.
Y es que duele reconocerlo, los templos pueden verse llenos los domingos, pero la misión esencial —formar discípulos— se está perdiendo en los pasillos vacíos, en las conversaciones que nunca tuvimos, en las preguntas que no nos animamos a escuchar.
Una generación entera siente que la iglesia no conversa con su realidad, que no responde a sus dudas ni abraza sus anhelos, muchas veces, las respuestas que reciben son superficiales, fórmulas rápidas que no alcanzan a sostenerlos en medio de crisis de fe, de identidad o de futuro.
Debemos tener una mirada hacia adelante pero sin dejar de mirar el pasado, en los años 80, la generación del rigor y la escasez encontraba en Jesús su única esperanza de cambio, en los 90, los hoy llamados “millennials” crecieron en un tiempo de transición, aprendieron a usar la tecnología, pero en la universidad muchos se alejaron porque no encontraron espacio real en las iglesias y ahora, la llamada Generación Z parece impaciente, intolerante a los procesos largos, no les conmueve un discurso que se limite a decir que “Jesús murió por ellos”; lo que realmente los toca es escuchar si alguien ha sentido lo mismo que ellos, si alguien ha llorado y también ha encontrado alivio en la fe, eso sí, los detiene y los hace escuchar.
Este no es un texto para culpar, sino para despertar, porque si no reaccionamos ahora, pronto tendremos iglesias con aniversarios llenos de luces y oropel… pero rodeados de generaciones ausentes.
Es momento de dejar los programas perfectos y regresar a lo esencial, un abrazo sincero, una conversación honesta compartida con un café en la plaza, una canción sencilla en guitarra en la esquina del barrio, sin pretensiones, sin caretas, con la cercanía de un discipulado real, que incluya, que rete, que escuche y que acompañe de verdad.
La iglesia nació para ser un hogar, no un mausoleo de recuerdos y los jóvenes que ya no están nos gritan con su silencio, “no encontramos en ustedes a quienes caminaran con nosotros cuando más lo necesitábamos”.
Este es un llamado a reconstruir el liderazgo desde la vulnerabilidad, desde la empatía y desde la compasión, para que la palabra “discípulo” vuelva a significar lo que siempre debió ser, alguien acompañado, sostenido, amado.
Porque de nada sirve seguir levantando templos si estamos perdiendo a nuestra propia generación y la verdad es que, si algo necesitamos hoy, es volver a ser tan sencillos y tan profundos como lo fue Jesús.
HOLA, AMIGAS Y AMIGOS.
PIENSO QUE FALLAMOS PORQUE HEMOS DEJADO DE MIRAR HACIA AFUERA Y SOLO NOS MIRAMOS A NOSTROS EN NUESTRA BURBUJA DE CONFORT.
UN ABRAZO.
Que buen artículo y reflexión, impactante cuando miramos los números, que mal hemos hecho la pega, de evangelizar y discipular, creo que tenemos que volver al evangelio simple y radical de Jesús.
Nada mejor para reaccionar que una fría cifra, creo sinceramente que la falta del discipulado, es la clave central de esta «Diáspora Juvenil» , se dejo de lado la gran comisión que nos encomendó Jesús, También la fatal confusión Iglesia-religión, ha tenido su parte en esta dispersión juvenil…hemos llenado de normas, reglamentos y formas las congregaciones…que la hacen árida y Fome, necesitamos volver a los principios de Jesucristo, a ese evangelio vivo y capaz, a ese mensaje de locuras benditas…a ese que es necesario creerle, si seguimos así, la malvada religión seguirá tomando dominio sobre nuestros jóvenes y estudiantes.
Nada mejor para reaccionar que una fría cifra, creo sinceramente que la falta del discipulado, es la clave central de esta «Diáspora Juvenil» , se dejo de lado la gran comisión que nos encomendó Jesús, También la fatal confusión Iglesia-religión, ha tenido su parte en esta dispersión juvenil…hemos llenado de normas, reglamentos y formas las congregaciones…que la hacen árida y Fome, necesitamos volver a los principios de Jesucristo, a ese evangelio vivo y capaz, a ese mensaje de locuras benditas…a ese que es necesario creerle, si seguimos así, la malvada religión seguirá tomando dominio sobre nuestros jóvenes y estudiantes.
Creo que no hay tiempo para lamentarse. Estas cifras solo me motivan a poner mi tiempo y vida para seguir el llamado y misión que se me encomendó…sé que no es una tarea fácil.
Ánimo a todos, El Altísimo nos de fuerza y salud.
Un abrazo
Rodolfo