Quienes me conocen, saben que nunca tuve facilidad de palabra hablada, con los años me he vuelto algo más burro, me cuesta comprender algunas cosas de forma completa a primera vista y, adicionalmente debo confesar que no domino en lo absoluto temas profundamente teológicos, a menos que me expliquen con manzanitas.
Tal vez por ello Dios me ha ido mostrando de forma muy didáctica y, a prueba de giles, cosas que se han transformado en profundas revelaciones que han ido modelando mi forma de vivir.
Vale la pena señalar que para quienes hemos vivido en ciudad, con cierta idiosincrasia citadina y supuestas comodidades, hay tantas cosas desconocidas de las costumbres de la ruralidad, que al vivirlas son tremendamente edificantes.
Hace algún tiempo, por trabajo de una de mis teóricas especialidades (limitada sabiduría humana), realizando sondajes, buscando agua; visité la localidad cordillerana en la cuarta región, entre cerros de rocas secas y cielos cristalinos de frio y sol.
Allí por razones circunstanciales, que parecían de no mayor relevancia, y gracias a un criancero de la zona entré a un establo de cabras, siempre con esa actitud de soberbia de tipo de ciudad.
Sin embargo el escenario era totalmente fuera de lo que estaba acostumbrado. Era oscuro, de techo bajo de latas y con un suelo cubierto de heces de las mismas cabras, era casi imposible caminar sin terminar con los zapatos pegados al suelo e impregnados de heces. El olor era penetrante y el ambiente sofocante.
Para entrar, había que agacharse y no se podía transitar erguido, tiene sentido si uno considera la estatura de las cabras, pues no necesitan mayor espacio en altura.
Fue en ese momento cuando entendí con otros ojos lo que dice Lucas 2:7 “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada.”
Jesús, el Hijo de Dios, nació en un lugar tal vez peor que ese establo rural y artesanal del siglo 21 que albergaba alrededor de 80 cabras. No había limpieza, no había comodidad, no había lo que hoy denominaríamos “honor humano” o “dignidad”.
Allí en un lugar tan simple, austero y, a su vez sucio; comenzó la encarnación: el Dios eterno entrando al mundo no por la puerta del poder, sino por la puerta de la humillación. Filipenses 2:6-8 nos recuerda: “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”

La humillación de Jesús no empezó propiamente en la cruz; empezó en el pesebre. El Dios infinito se inclinó para entrar en nuestra humanidad. Se inclinó hasta nuestra estatura, con nuestras debilidades, con nuestra suciedad espiritual.
Siglos antes se había predicho en Isaías 53:2-3 “No hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto”
El pesebre no fue un error ni una casualidad. Fue una declaración divina: Dios no espera que el mundo esté limpio para venir; Él entra donde nadie más quiere entrar.
Y eso significa muchísimo para ti y para mí hoy. Quizás nuestras vidas se parecen más a un establo que a un palacio. Quizás hay desorden, heridas, olores que no quieres que nadie note. Y sin embargo, Jesús dice: “Yo estoy a la puerta y llamo” (Apocalipsis 3:20). Él no rehúye la suciedad, la redime.
El pesebre nos enseña que ningún lugar está tan bajo que Dios no pueda habitarlo. Ningún corazón está tan roto que Él no pueda sanarlo.
La experiencia en ese lugar, me hizo reevaluar el nacimiento de Jesús. Entendí que el pesebre no fue casualidad, sino un mensaje vivo: Dios está dispuesto a entrar en lo más bajo para levantar lo que está caído. Él no espera que limpiemos nuestra vida antes de acercarnos; se acerca tal como estamos, para purificarnos desde dentro. Respecto a ello y como dato anecdótico al margen, incluso las heces del establo eran capitalizables para el pastor criancero, eran vendidas como “abono agrícola”
El pesebre no es una postal tierna y cálida de Mall de La Dehesa, es un acto radical de amor. Allí donde hay oscuridad, hedor y miseria, Dios se hace presente. “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”(Juan 1:14), no en palacios, sino en establos. No entre perfumes, sino entre olores reales. No entre los poderosos, sino entre los humildes. Fue la primera señal de que Dios no rehúye nuestra miseria: entra en ella. Entra en el olor, en la suciedad, en la marginación. Entra en los lugares que el mundo desprecia.
Lo que para nosotros es indigno, Dios lo santifica con su presencia. Al nacer en un establo, Jesús transformó lo profano en sagrado. Eligió lo que 1 Corintios 1:28 llama “lo vil y menospreciado del mundo” para avergonzar nuestra soberbia humana.
El pesebre se vuelve así una declaración: no hay rincón tan oscuro que Dios no pueda habitar.No hay miseria tan profunda que Él no pueda redimir. No hay persona tan rota que quede fuera de su alcance.
El evangelio en su conjunto no es un relato de escapismo espiritual, sino de transformación real: Dios entra en nuestra historia concreta, con toda nuestra suciedad, para redimirla desde dentro. El pesebre no es una postal navideña, sino un manifiesto de revelación: Dios no rehúye la mugre del mundo. La habita, la enfrenta y la transforma.
El pesebre de Belén, como el establo rural que vi en la cuarta región de Chile, es una señal eterna: Dios con nosotros, incluso y sobre todo en lo más bajo. 1 Corintios 1:28 lo describe así: “y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es”
Puedo adelantar humildemente, que hubo muchísimos más aprendizajes en esa experiencia, y de ello espero pronto contarles. También les confieso que extraño el olor a campo.
Un abrazo fraterno.
Marcelo A. Moreno Vergara










Excelente relato Marcelo, enfrentar al ser humano con estas realidades, realidades aterrizadas, nos hacen meditar en cuanta necesidad existe en nuestra patria, cuanta gente y cuanta juventud necesitan de guías, como el relato de tu experiencia con estos animalitos tiernos, Cabras y Ovejas,, este hermoso Pais llamado Chile reclama gente que diga ante el llamado del Altísimo, ¡yo iré Señor envíame a mi!, ponme en la brecha a favor de la tierra y de este pueblo…
Querido, Marcelo.
Con ojos nuevos te ha permitido mirar nuestro Dios. Gracias 🙂
Espero leer lo que empíricamente has aprendido.
Te envío un gran abrazo 🤗
Gracias Dios por enseñarnos y tomar este tipo de recursos para que podamos entender ….si fuera posible un poco… cuánto nos amas y cuánto costó tu sacrificio desde el inicio ya te diste por nosotros. Hermosa enseñanza! ( yo también soy una burra agradecida de Dios 😁 también aprendo y contigo mi amor Marcelo 💙)