Por Moisés Chacón.
1 Corintios 3:12-13:
“Ahora bien, si sobre este fundamento alguno edifica oro, plata,
piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se
hará manifiesta; pues el día la declarará, porque por el fuego será
revelada; y la obra de cada uno cual sea, el fuego la probará.”
En la enseñanza de Pablo sobre la edificación sobre el fundamento
que es Cristo, se revela una profunda verdad acerca de la calidad de
nuestras obras como creyentes. La manera en que cada uno edifica
sobre este fundamento se relaciona directamente con la
manifestación del fruto del Espíritu en nuestras vidas.
Cuando la vida de Cristo se expresa a través de nosotros, estamos
construyendo con materiales preciosos: oro, plata y piedras
preciosas. Estas obras, nacidas del Espíritu, son duraderas y, en la
prueba del fuego, no solo sobreviven, sino que se purifican,
reflejando la gloria de Dios.
Por otro lado, existe el peligro de edificar sobre el fundamento con
obras que provienen de nuestra naturaleza humana. Estos actos,
aunque puedan parecer bien intencionados, a menudo surgen del
deseo de ganarse el favor de Dios a través de méritos propios.
Esta forma de edificación, que se basa en la carne y no en el
Espíritu, se asemeja a usar materiales de bajo valor como madera,
heno o hojarasca. Estas obras, aunque realizadas con buenas
intenciones, son engañosas y, en última instancia, no pueden
resistir la prueba del fuego. En lugar de ser purificadas, son
consumidas, revelando su falta de sustancia y valor eterno.
La clave radica en entender que la verdadera edificación surge de
una vida transformada por la presencia de Cristo en nosotros, a
través del poder del Espíritu Santo. Cuando permitimos que esta
vida se manifieste y que el fruto del Espíritu fluya a través de
nuestras acciones, estamos construyendo sobre el fundamento de
Cristo con materiales que perduran. Así, nuestra vida no solo se
convierte en un reflejo de la santidad divina, sino que también se
convierte en un testimonio poderoso del amor y la gracia de Dios
en el mundo.
En definitiva, la calidad de nuestra edificación sobre el fundamento
de Cristo depende de la fuente de nuestras obras: si son el
resultado de una vida vivida en comunión con el Espíritu o si son
intentos humanos de alcanzar la santidad. Que nuestra edificación
sea siempre un fruto de la vida de Cristo en nosotros, construyendo
con materiales que vienen de lo eterno y resisten la prueba del
fuego.
Moisés Chacón
Genial artículo escrito por nuestro querido Moisés,… clarificador de sobre dónde edificar