Por Marcela Mardones
Cuando el dolor te hace querer verlo partir, cuando el alma es desgarrada por esa imagen de un hombre que alguna vez fue grande, fuerte, orgulloso. Que yo odie y que hoy amo más que nunca. Ahora es un cuerpo cual sistema óseo está cubierto de una piel rugosa y un tanto deshidratada. Quisiera envolverlo en mis brazos y llevarme todo su dolor. Quisiera tomarlo en mis brazos y entregárselo a Él, a mi Señor, a su Creador y saberlo feliz, sabiendo que verá a Nuestro Señor cara a cara; saber que está en alguna de las casas que mi Cristo le preparó y ya se encontró con sus antepasados, con su madre a quien perdió siendo tan joven. Aun no sé qué duele más, si verlo así de deteriorado y apagándose día a día o saber que su cuerpo yace tendido en una gran caja de madera dos metros bajo tierra. Pero, si sé que muy pronto lo sabré.
¡Su partida es inminente!